miércoles, 4 de mayo de 2016

Crítica El libro de la selva de Jon Favreau



El rey de la jungla
Por José Antonio García Sagardoy

No es la primera vez que llega a la gran pantalla una adaptación basada en los relatos que publicó Rudyard Kipling entre 1894 y 1895 bajo el título "El libro de la selva". Ya en el año 1942 se estrenó un filme en tecnicolor dirigido por el húngaro Zoltan Korda, pero la versión de la historia que ha calado más hondo en la cultura popular contemporánea es, sin lugar a dudas, la que se muestra en el clásico que realizó Wolfgang Reitherman para la Disney en 1967. Las aventuras animadas del pequeño Mowgli, el cachorro humano criado por lobos en la jungla, cautivaron tanto al propio Walt Disney –que desgraciadamente falleció antes de poder ver la cinta terminada– como a la crítica y el público. El divertido entretenimiento musical resultante encandiló a las masas, y su marchosa banda sonora la convirtió en la que posiblemente sea una de las cintas del estudio más queridas.

En estos tiempos en los que el estudio de animación por excelencia parece haber encontrado un gran filón en los remakes en carne y hueso –y píxeles, sobre todo píxeles– de sus obras de animación más significativas, era cuestión de tiempo que la obra de Kipling volviera a pasar por chapa y pintura. Para ello, se decidió que la persona indicada sería Jon Favreau, director capaz de presentar notables propuestas –como las dos primeras incursiones cinematográficas de Iron Man (2008)–, y otras ligeramente más cuestionables –como Cowboys & Aliens (2011)–. Si la cinta que Disney estrenó en el 67 se inspiraba (muy libremente) en la obra escrita por Kipling, Favreau ha partido tanto de las páginas del autor nacido en Bombay como de los trazos animados del éxito de los sesenta, dando como resultado una mezcolanza que puede resultar para algunos adorable y para otros, un tanto confusa.




"Favreau ha partido tanto de las páginas del autor nacido en Bombay como de los trazos animados del éxito de los sesenta"

Lo primero que llama la atención del filme de Favreu es la soberbia factura técnica, con unos paisajes –y sobre todo, unos animales– de increíble hiperrealismo, que vuelven a elevar el nivel de lo que habíamos visto en cuanto a creación digital cinematográfica se refiere. Si las hermosas vistas naturales de El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, 2015) nos sorprendieron, las mostradas en El libro de la selva nos dejarán con la boca abierta. Parece mentira que lo único “real” sea el personaje de Mowgli (encarnado con mucha soltura por el joven Neel Sethi).


Pero el sobresaliente apartado técnico no es lo único que podemos comparar con Arlo puesto que, como ya ocurría con la película del simpático dinosaurio, las reminiscencias a las cintas de animación más exitosas del estudio son constantes. Desde las obvias –el icónico momento en el que el niño canta “Busca lo más vital” sobre la panza de Baloo, el oso bonachón, es una trasposición directa del clásico del 67–, hasta otras que evocan a la siempre infalible El rey león (The Lion King, Rob Minkoff y Roger Allers, 1994) –estampidas dramáticas, luchas de felinos rodeados de fuego, tragedias familiares…–, o incluso a Tarzán (Kevin Lima y Chris Buck, 1999). Esta dependencia clara del brillante pasado de la compañía de los sueños nos lleva a pensar que, posiblemente, el temor a no superar las altas expectativas limita la originalidad del filme y le impide ser arriesgado. Disney se vuelve a cubrir las espaldas apoyándose en sus obras más célebres.


Aun así, Favreau se anota un tanto al desarrollar con mayor profundidad la historia de Mowgli, personaje que en el filme de animación parecía perderse entre los carismáticos animales y los números musicales. Esas canciones quedan aquí considerablemente reducidas en número –por desgracia, ni las serpientes ni los buitres cantan…–, aunque su recuerdo se encuentra presente durante la mayor parte de la partitura musical. Gana importancia en el relato, como hemos dicho, el crecimiento del pequeño cachorro humano; su trama familiar; la intensa relación con su madre adoptiva y su abandono del nido –aquí cueva– en busca de su propio camino en el inhóspito mundo de los hombres.

Y es que la relación entre ser humano y naturaleza será uno de los puntos clave de este libro de la selva. El hombre, para las criaturas de la jungla, será el peligro más grande para el reino animal y se identificará con el fuego, “flor roja” que destruye todo lo que toca. La concepción salvaje y devastadora de las personas contrastará con lo civilizado de los habitantes de la selva. Para deshacerse de esos prejuicios, Mowgli deberá luchar con toda su fuerza física y su intelecto; sus invenciones, propias del MacGyver más resuelto, serán clave en esta labor. El discurso ecologista –muchas veces repetido y aun así todavía necesario– se combina también con otro de corte mesiánico, en el que los elefantes cobran un papel fundamental. Estos alegatos son un intento de llegar a un público más adulto, lo que la convierte en una recomendable opción de cine para toda la familia.

El espectador se encontrará, en definitiva, con un producto correcto, que tratará de contentar tanto a los lectores de la obra de Kipling como a los fans acérrimos de la cinta del 67. Por desgracia, el relato queda interrumpido –y el crecimiento del cachorro humano, sesgado– debido a la posibilidad de realizar una secuela –ya anunciada– que siga proporcionando ingresos. El éxito en las taquillas de todo el mundo ya abala la versión de Favreau. A pesar de todo, las muchas virtudes que posee esta revisión no son suficientes para hacernos olvidar la sombra del clásico de Disney, que es demasiado grande. En ocasiones, usar la nostalgia como reclamo puede ser un arma de doble filo.

Lo mejor: el extraordinario espectáculo digital. La canción de los créditos interpretada por la serpiente Kaa, aquí con la sugerente voz de Scarlett Johansson.

Lo peor: la sensación de estar ante algo ya visto anteriormente.





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