Empezaron los Goya de este año a ritmo de musical (sí, otra vez) ante la mirada extrañada de Juliette Binoche, nominada como mejor actriz por Nadie quiere la noche, quien seguramente debió pensar que "la gran fiesta del cine español" era otra cosa. Ni ella ni Tim Robbins fueron los únicos asombrados, la gala fue una de las más irregulares y arrítmicas que se han visto en los últimos años. Hubo de todo: desde fallos de sonido y realización, hasta retiradas de micrófonos a premiados importantes (Natalia de Molina) o espectáculos que no encajaban en una ceremonia de este calibre, como una tamborrada de Calanda para homenajear a Luis Buñuel y numeritos de magia. Por no mencionar todo un clásico: la larga duración del evento, algo lógico si tenemos en cuenta que el presentador, Dani Rovira, se extendió bastante en varios de sus monólogos (algunos con más chispa que otros, dicho sea de paso).
