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domingo, 15 de mayo de 2016

Crítica de La bruja de Robert Eggers

Crítica de La bruja de Robert Eggers























La bruja


Cercado por imágenes de impacto completamente gratuitas, burdos sustos y una simplificación de sus recursos internos verdaderamente pueril, el cine de terror ha acabado por convertirse en una amorfa amalgama de trillados recursos que se van repitiendo película tras película de manera casi clónica. La desnaturalización de su esencia ha provocado que sean muy pocas las piezas importantes que el género haya ofrecido desde su último periodo verdaderamente significativo: los años setenta. Por ello mismo resulta tan importante la aparición de una película como La bruja (The Witch, Robert Eggers), cuya trascendencia (al igual que sucedió el año pasado con It Follows) es tan capital que corre el peligro, paradójicamente, de convertirse en un film-isla. En una obra condenada a nacer y morir en sí misma debido a que los derroteros del género no parecen tener los objetivos que apunta esta ópera prima de Robert Eggers.


Del Benjamin Christensen de La brujería a través de los tiempos al Carl Theodor Dreyer de Vampyr y Dies Irae, pasando por la dimensión paisajística de Andrei Tarkovsky y la profundidad psicológica de Bergman, La bruja expone sus referentes cinematográficos personalizándolos convenientemente y sin olvidar, jamás, la influencia pictórica de Goya, especialmente, en su turbadora secuencia final. Formalmente, la propuesta de Eggers es apabullante. Atmosférica, inquietante. Por momentos enloquecedora debido a lo que se atisba dentro de ella y que jamás se expone de manera evidente. La bruja se construye a partir de lo implícito, de lo que queda fuera de campo. De lo que se atisba a través de los diálogos y de las actitudes de sus personajes. Pero, sobre todo, a partir de una puesta en escena que no hace concesiones. Que embarca al espectador en un cosmos telúrico que deriva, a través del desquiciamiento psicológico de sus protagonistas, en un conjunto espectral que juega con una ambivalente idea de la esencia del Mal.

"La bruja se construye a partir de lo implícito, de lo que queda fuera de campo. De lo que se atisba a través de los diálogos y de las actitudes de sus personajes". 

¿Es el integrismo religioso el causante de la degeneración de unos seres que acaban autodestruyéndose? ¿Son las flaquezas internas de cada uno de ellos –los deseos incestuosos, los celos, la inseguridad, el sentimiento de culpa- lo que causa dicha deriva? ¿El aislamiento, la escisión de una colectividad en la que no tienen cabida? ¿O el Mal verdaderamente existe y todos debemos vencerlo purificándonos en un orgiástico aquelarre? Esta obra maestra plantea todas estas cuestiones sin dar respuesta a ninguna de ellas.

Lo mejor: Su estremecedor ambiente
Lo peor: Que se espere de ella que solo sea una película de terror



martes, 10 de mayo de 2016

Crítica de Capitán América: Civil War



¿Quién vigila a los Vengadores?
Por José Antonio García Sagardoy

Una mujer afroamericana sostiene entre sus manos la fotografía de su hijo. La muestra a cámara, impotente, porque no puede hacer otra cosa. Su hijo ya no está. Ha fallecido “por culpa” de las personas que debían protegerle. Esta imagen que describimos podría darse en cualquier informativo televisivo estadounidense, pero es una escena perteneciente a Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War, Anthony Russo y Joe Russo), la tercera entrega cinematográfica del conocido como Primer Vengador. En esta ocasión, la madre afligida es Miriam (Alfre Woodard), y el sujeto protector fallido no es otro que el mismísimo Iron Man (Robert Downey Jr.). Los hermanos Russo parecen haber aprovechado el gran escaparate que resulta el nuevo blockbuster de la Marvel para dar un pequeño tirón de orejas al gobierno de los Estados Unidos, –supuesto– paradigma de libertad e igualdad. La complicada situación actual que está atravesando el país de las oportunidades hace que sea necesaria la aparición de movimientos activistas como el sonado #BlackLivesMatter, que realiza campañas contra la violencia racial y condena la –cada vez más común– muerte de gente negra en homicidios cometidos por agentes que –en principio– son encargados de hacer cumplir la ley. Miriam pide explicaciones y responsabilidades a Tony Stark (verdadera identidad de Iron Man), mientras que las madres de los fallecidos a causa de la brutalidad policial en América las piden al presidente.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Crítica El libro de la selva de Jon Favreau



El rey de la jungla
Por José Antonio García Sagardoy

No es la primera vez que llega a la gran pantalla una adaptación basada en los relatos que publicó Rudyard Kipling entre 1894 y 1895 bajo el título "El libro de la selva". Ya en el año 1942 se estrenó un filme en tecnicolor dirigido por el húngaro Zoltan Korda, pero la versión de la historia que ha calado más hondo en la cultura popular contemporánea es, sin lugar a dudas, la que se muestra en el clásico que realizó Wolfgang Reitherman para la Disney en 1967. Las aventuras animadas del pequeño Mowgli, el cachorro humano criado por lobos en la jungla, cautivaron tanto al propio Walt Disney –que desgraciadamente falleció antes de poder ver la cinta terminada– como a la crítica y el público. El divertido entretenimiento musical resultante encandiló a las masas, y su marchosa banda sonora la convirtió en la que posiblemente sea una de las cintas del estudio más queridas.

jueves, 14 de abril de 2016

Crítica de Kiki, el amor se hace



Arde Madrid
Por José Antonio García Sagardoy

El tercer largometraje tras las cámaras de Paco León nos acerca al atractivo mundo de las filias sexuales, con cinco historias amorosas que se entrelazan en un caluroso verano de la capital española. Kiki, el amor se hace llega a las salas tras el éxito de sus predecesoras, Carmina o revienta (2012) y Carmina y amén (2014), alejándose de los dos pilares que sostenían el personal universo creado por el director: su hermana (María León) y –en mayor medida– su madre (Carmina Barrios). Esta separación, que en principio puede apenar a los seguidores de la nueva musa de la comedia española, resulta de lo más satisfactoria, pues nos muestra al sevillano agudizando y definiendo su estilo propio en un proyecto diferente, apartado del contexto familiar que ya nos mostró anteriormente. 

La intención por parte de los productores (Vértigo Films / Telecinco Cinema) de realizar un remake del filme australiano The Little Death (Josh Lawson, 2014), solo se aceptó al quedar claro que León podría hacer lo que le diese la gana con el material de partida –filme de tonos fríos que cuenta con un último tramo mucho más dramático que Kiki–, siempre respetando la esencia de la película de Lawson. Así, advertimos la diferencia ya desde el título. Si la cinta de 2014 se apodaba “la pequeña muerte”, en clara alusión al orgasmo; en el de León, su subtitulo “el amor se hace” alude al tiempo y la voluntad que hay que invertir en una relación amorosa. Y es que “el amor se construye” poco a poco, con paciencia y en ocasiones, hasta con sexo.

viernes, 12 de febrero de 2016

Crítica El Renacido de Alejandro González Iñárritu

Árbol de fuertes raíces
Por Álvaro Rodríguez Abreu


Hace unos meses leía una entrevista a Alejandro González Iñárritu, que más bien se antojaba una lección de cómo hacer cine. En ella, el director mexicano daba una serie de consejos inspiradores para aquellos a los que nos apasiona el séptimo arte. Venía a decir el realizador de 21 gramos (2003), que el cine debe ser una extensión de uno mismo, de las virtudes pero, sobre todo, de las miserias. Subrayaba que para ser director, uno debe ser un luchador nato ante los obstáculos que la vida te plantea. También hablaba, como ya hizo no hace mucho tiempo, del concepto de superhéroes, del que no reparó en volver a expresar lo irreal que le parece. Una visión además, en sus palabras, tóxica para la cultura. «Los humanos son los verdaderos superhéroes», que se lo digan sino a Hugh Glass, el protagonista de su última obra.

viernes, 5 de febrero de 2016

Crítica de Spotlight


Spotlight: Periodismo de investigación en estado puro

Por José Manuel Rodríguez Pizarro
Redactor-colaborador de la revista de cine ‘Versión Original

El ejercicio de la profesión periodística ha sido, y sigue siendo, un filón para los guionistas pese a que la realidad a la que se enfrentan los informadores en su día a día, y por todo el mundo, es bastante espinosa. Al paro y la precariedad existentes en el sector periodístico, en países como España, se suman problemas mucho más graves, como los periodistas que son asesinados por desempeñar su profesión.

Recientemente, Reporteros sin Fronteras ha denunciado que, durante el pasado año, casi dos de cada tres de los más de 100 reporteros asesinados fallecieron en países donde no existe un conflicto bélico declarado. Es decir, ya no sólo los matan en países “en guerra”. Este dato nos recuerda lo complicado que resulta informar sobre lo que ocurre en distintos puntos del planeta, así como los riesgos de encarcelamiento y secuestro que sufren los informadores, por ejemplo, en países como Siria, Iraq, Egipto, Turquía, China, Rusia o México, entre otros.

Volviendo al terreno de la ficción, las idas y venidas de un periodista –tanto en la redacción de un periódico, con sus colegas, como en sus salidas, en busca de esa verdad incómoda que algunos quieren ocultar– son casi siempre un material sumamente atractivo para poder ser narrado a través del lenguaje cinematográfico. No han sido pocos precisamente los periodistas que recordamos en historias para el séptimo arte. Por citar algunos, destacamos a unos pletóricos Robert Redford y Dustin Hoffman metidos en la piel de Bob Woodward y Carl Bernstein, –que, con su investigación periodística, fueron capaces de derribar a Nixon, en la película Todos los hombres del presidente (1976)– o a un Al Pacino en estado de gracia, que interpreta en El dilema (1999) a un periodista de investigación que saca a la luz un secreto oculto de la industria tabacalera.

A una larga ristra de obras cinematográficas sobre periodistas hay que añadir otra más, pero no una cualquiera, estamos hablando de una película imprescindible de 2015, nominada a seis premios Óscar, entre los que se encuentran las categorías de mejor película, mejor director y mejor guion original. Se trata de Spotlight, dirigida por Tom McCarthy, uno de los guionistas de la emotiva Up (2009) y artífice de algunos títulos imprescindibles del cine estadounidense independiente de las últimas décadas como The Visitor (2007) o Vías cruzadas (2003). En esta ocasión, McCarthy, que también participa en el guion, parte de un caso real: el escándalo de los abusos sexuales cometidos, durante decenios, por distintos sacerdotes de Boston y cómo la Iglesia Católica de Massachusetts los ocultó intencionadamente. La investigación realizada por un grupo de periodistas del periódico The Boston Globe destapó estos acontecimientos y su trabajo fue galardonado con el premio Pulitzer al servicio público de 2003.


No obstante, los derroteros narrativos no se encaminan a los casos de pederastia en sí sino más bien al proceso emprendido por un equipo de valientes periodistas de la unidad de investigación del periódico The Boston Globe, llamada ‘Spotlight’. En el equipo capitaneado por Walter ‘Robby’ Robinson, editor de ‘Spotlight’ (Michael Keaton), le acompañan tres reporteros de su máxima confianza: Michael Rezendes (Mark Ruffalo), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams) y Matt Carroll (Brian d’Arcy James).

El principio del fin del silencio en torno a estos abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos se activa con la llegada de Marty Baron (Liev Schreiber), exdirector del Miami Herald, al Boston Globe, en 2001, en un momento crucial al que se enfrenta la prensa escrita. Se aventuran posibles despidos en el periódico; es el comienzo de lo que será más tarde la hegemonía de Internet, y la prensa escrita se resiente. Sin embargo, Baron, si bien al principio tantea la posibilidad de hacer recortes en la plantilla, apuesta por un periodismo de calidad, capaz de destapar alcantarillas, que, en este caso, afectan a la Iglesia Católica, en el seno de una sociedad como la de Boston: religiosa y conservadora. Baron será el instigador para que la maquinaria desenmascaradora se ponga en marcha.

El sótano en el que se hallan los miembros de la unidad ‘Spotlight’ es toda una declaración de intenciones y una metáfora de ese trabajo de periodistas de investigación, que se adentran, durante meses, en un caso complejo, con profundas ramificaciones. Un ejemplo del buen Periodismo de Investigación, en estado puro.




Sólo hay un acontecimiento que hace tambalear el que se den a conocer los detalles del escándalo: los atentados del 11-S, que conmocionaron a los EE.UU. y a todo el mundo. La tenacidad y la valentía de los periodistas no tienen límite y dan sus esperados resultados en el clímax final de esta epopeya periodística: la salida de los ejemplares desde la rotativa, por la noche, en una fecha cercana a la epifanía del año 2002. Un regalo de reyes –siguiendo la tradición española– para la jerarquía eclesiástica.

"El sótano en el que se hallan los miembros de la unidad ‘Spotlight’ es toda una declaración de intenciones y una metáfora de ese trabajo de periodistas de investigación, que se adentran, durante meses, en un caso complejo, con profundas ramificaciones."

Como en las grandes gestas del cine político, los periodistas que trabajan en una dura investigación viven tan absorbidos y entregados a esta misión que se olvidan, en parte, del discurrir de sus facetas personales. Tan sólo se deja entrever que Marty Baron está soltero, que Michael Rezendes acaba de romper con su chica o que Sacha Pfeiffer vive con su novio o marido, y que acompaña a su abuela a misa, aunque ella haya perdido la fe.

Spotlight alcanza su grandeza, en mi opinión, al centrarse en lo importante, en lo esencial: en la osadía de estos profesionales de la comunicación y en cómo no hay que dejarse cautivar por cantos de sirena y llegar siempre hasta el final. El propio Marty Baron se lo dice así a sus empleados: “la gran historia no está en los curas, como individuos, está en la institución; práctica y política, hay que apuntar contra los males del sistema”. Toda una buena lección de periodismo para novatos y veteranos de este viejo y maravilloso oficio.

Lo mejor: La magistral manera de McCarthy para adentrarnos en los vericuetos de la redacción de un periódico y de una investigación periodística de calado. El rotundo guion y las creíbles interpretaciones de esta epopeya periodística que se recordará durante mucho tiempo.

Lo peor: A veces, si uno se despista mientras la ve, puede perder el hilo de la trama, de la que forman parte periodistas, editores, abogados, sacerdotes, cardenales, víctimas… Los más puristas podrán percibir, en cuanto a su realización, un cierto halo a película hecha para televisión.


Dirección: Tom McCarthy
Título original: SpotlightPaís: USA. Año: 2015. Duración: 121 min. Género: Drama, periodismoIntérpretes: Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Stanley Tucci, Brian d'Arcy James... Guion: Thomas McCarthy, Josh Singer.
Música: Howard Shore. Fotografía: Masanobu Takayanagi


miércoles, 20 de enero de 2016

Crítica Los odiosos ocho (The hateful eight)


Mascando diálogos
Por María José Agudo


Nieve, ese fue el concepto sobre el que trabajó Morricone antes de componer la banda sonora de la octava película de Tarantino. En efecto, la nieve es un elemento crucial en el nuevo divertimento del director de Pulp Fiction. Es la excusa para hacer coincidir en la trama a una serie de personajes de dudosa moralidad; la mayoría de ellos aún sangrando por las heridas no visibles que ha dejado la Guerra Civil Americana. Todos ellos escupen por sus bocas algo más que tabaco: las réplicas y contrarréplicas de papá Quentin, quien esta vez aumenta aún más la dosis de verborrea, hasta llegar a resultar algo cargante. 

martes, 12 de enero de 2016

Crítica de Joy de David O. Russell




Volvemos a la carga y retomamos el blog que ya iba siendo hora (hasta algún mensaje nos ha llegado para que volviésemos a incorporar nuevos contenidos, y no, no eran familiares, lo prometo). Lo hacemos con la película que le ha valido a la nueva novia de América, Jennifer Lawrence, su tercer Globo de Oro. Hablamos de Joy, el último trabajo del para muchos sobrevalorado David O. Russell. 

Invitado por Sensacine al preestreno, Julio César Agudo nos cuenta sus impresiones.

Joy
por Julio César Agudo

Joy supone la tercera película en poco más de tres años de David O. Russell protagonizada por el que ya podemos denominar su particular trío calavera: Jennifer Lawrence, Bradley Cooper y Robert de Niro. Tras dar su toque a una comedia romántica El lado bueno de las cosas, y a una historia de estafadores y estafados, La gran estafa americana, Russell vira hacia el docudrama en este biopic libre de la estrella de la teletienda estadounidense de los 90, Joy Mangano.

Que el realizador neoyorquino es un buen contador de historias no lo dudamos; que quizás se lo tiene un poco creído, tampoco. Desde que se consagrase como un habitual de las quinielas tras El luchador, con Christian Bale como apuesta segura, Russell se lo ha jugado todo a una carta, Jennifer Lawrence. Con ella como vehículo de lucimiento pretende seguir siendo uno de los favoritos del stablishment hollywoodiense. Y esta vez va a ser que no. No, porque por mucha pantalla que se coma la Lawrence, resulta un tanto inverosímil que a su edad y prescindiendo de un maquillaje que la envejezca, interprete a una madre de treinta y tantos con varios hijos a cuesta. No, porque esta vez la química con Bradley Cooper es mucho menor, y el papel de este se revela como poco más que un cameo vacuo e insípido. Y no, porque este Robert De Niro resulta aún menos digestivo que el comedias familiares sin pretensiones ni complejos (Los padres de ella, Todos están bien). Tiene mérito, sin duda, como Lawrence ha ido acaparando todo el protagonismo en esta particular trilogía, hasta presentarse aquí como una Erin Brockovich de las fregonas, como una madre coraje (su abuela dixit), domesticadora de machistas y machitos. Una heroína con tintes a lo Cenicienta que por supuesto, sale victoriosa, aunque no sin cortarse antes la melena.



Aunque a lo largo de la trama O. Russell juegue con distintos géneros (comedia, melodrama...) e incorpore escenas de los más costumbristas (retrato de la familia disfuncional) al final, termina tirando de una constante en su filmografía: la loa a los valores americanos de ascenso y caída, de redención y superación, de lo duro y reconfortante que es alcanzar el éxito, al fin y al cabo. Sin embargo, esta vez por el camino pierde la frescura de El lado bueno de las cosas o los excelentes personajes de La gran estafa americana, presentando una película plana, correcta, pero con tufillo a telefilme de sobremesa.

Lo mejor: El rostro de Jennifer Lawrence, gracias a él se aporta algo de expresividad a la película. Los papeles femeninos, con cuatro generaciones de actrices llevando el peso narrativo del film. Ver, aunque sea por unos instantes, al Robert de Niro de hace 25 años.

Lo peor: Ver al Robert de Niro de hoy día. Bradley Copper, con un papel insulso. El doblaje en castellano a los personajes de otras nacionalidades y lenguas (un clásico).

lunes, 29 de junio de 2015

Diez preguntas sin respuesta sobre Jurassic World


Aunque se estrenó el 12 de junio, Jurassic World sigue liderando la taquilla de medio mundo. 22 años después de que comprobásemos que el sueño del multimillonario John Hammond no era tan de color rosa, llega ahora la puesta en marcha de ese parque temático a lo Disney World en donde los dinosaurios conviven con tiendas de regalos y restaurantes de comida rápida. 

Uno de los aspectos más destacados del film (al que nadie niega que es un buen producto de entretenimiento) es su condición de película meta, es decir, el diagnóstico que realizan los gestores de este negocio (se necesita más espectáculo para atraer a más visitantes al parque) es también aplicable a la concepción de esta nueva secuela. Más madera en forma de ¿dinosaurios?, efectos digitales y escenas espectaculares como las que pueblan el tercio final del nuevo trabajo de Colin Trevorrow. Jurassic World también sabe reírse de sí misma y homenajear a la obra primigenia de Spielberg, pero tras verla, no hemos podido evitar hacernos estas diez preguntas sin respuesta. 

Esperamos las vuestras, porque seguro que se os ocurrirán muchas más.


1. ¿Por qué de nuevo los niños protagonistas están marcados por el divorcio de sus progenitores? ¿Cuándo va a sanar Spielberg de este trauma? 

2.¿Por qué los personajes principales son tan pobres y arquetípicos? 

El aventurero indómito, la mujer obsesa del control que se ha volcado en su faceta profesional y ha descuidado todo lo demás (con el consiguiente estigma que se le suele dar a este tipo de personajes femeninos). De entre todos, un secundario, el trabajador friki de la torre de control (Jake Johnson) se erige como el más divertido y nos regala una escena de humor absurdo de lo más desternillante. Los personajes de Jurassic Park siempre quedarán en nuestra memoria, y en ningún momento, hasta cuando Laura Dern rebuscaba entre las heces de dinosaurios, resultaban ridículos como se da aquí el caso. 
3. ¿Por qué los dinosaurios, especialmente el Indominus Rex o los velocirraptors que amaestra el personaje de Chris Pratt como si fueran perritos, se comportan con cualidades humanas y de modo tan arbitrario?   

4. ¿Por qué nos vemos venir el 90% de las muertes, excepto una de un personaje secundario de lo más loca y de serie b (que no spoilearemos)? Por cierto, siguen muriendo siempre primero los mexicanos, asiáticos... y como no, se sigue castigando con las peores muertes a aquellos personajes que podrían tacharse de malos (salvo el caso de la pobre Zara)

5. ¿Por qué la relación sentimental entre la "tacones" y "el hombre que susurraba a los velocirraptors" es tan predecible, y responde al típico esquema que hemos visto mil veces?  

6. ¿Por qué la banda sonora de Michael Giacchino está tan eclipsada por la de John Williams? Para esta sí tenemos respuesta, porque es mucho mejor la original, solo hay que ver las veces que se recurre a ella en este homenaje y parodia que es Jurassic World. 

7. Esta es inevitable y roza la indignación del espectador con un mínimo de sentido común ¿Por qué el personaje de Bryce Dallas Howard no se quita los tacones en toda la película?   

8. ¿Por qué el niño pequeño resulta tan cansino? Preferimos la pedantería del pequeño Timy en Jurassic Park, al menos aprendíamos algo sobre dinosaurios.

9.  ¿Por qué tanto hueco para la innecesaria trama urdida por ese malo tan poco carismático como es Vincent Donofrio, quien por cierto se sigue pareciendo y mucho a Orson Welles (como ya demostró en Ed Wood)?


 10. Resumiendo, ¿por qué en general se han conformado con un guion tan poco verosímil y trabajado que hace aún más grande a Jurassic Park?  

martes, 2 de junio de 2015

Crítica Nuestro último verano en Escocia


El encanto de la sencillez
Por María José Agudo @Mary_Agurod

Las feel good movie o películas de buen rollo no suelen tener muy buena prensa, aún cuando por lo general, consiguen encandilar a numerosos espectadores. Se les critica su tendencia al buenismo y su calculado manejo de emociones, algo que ya Capra dominaba a la perfección. En un mundo cada vez más obsesionado por ser feliz, este cine de naturaleza optimista se convierte en un alivio para nuestros, a veces, maltrechos corazones. Son la auto confirmación de ese dicho tan popular: "Dios aprieta pero no ahoga". El efecto que provocan a la salida del cine suele ser de una vitalidad contagiosa, algo que no viene mal en tiempos de hipermedicación contra la depresión.

Sin abusar del azúcar y con mucho humor negro, llega a nuestras pantallas Nuestro último verano en Escocia (What we did on our Holiday), el último ejemplo de film que podría encajar dentro de este subgénero. Una comedia que fue Premio del Público en la Seminci de Valladolid, y que tiene en su dirección de actores una de sus mayores fortalezas. Prácticamente, todo el reparto está estupendo y creíble en sus respectivos papeles, incluida una Rosamund Pike que aún perdura en nuestra memoria por su brillante composición de Amy en Perdida. Aquí exhibe un rol totalmente diferente (mucho más liviano), pero indicativo de lo camaleónica que puede resultar esta actriz británica. 

Pero si el plantel adulto da la talla, muy especialmente el personaje entrañable del abuelo (interpretado por el veterano actor escocés Billy Connolly), hay que llamar la atención al espectador sobre los tres retoños del matrimonio de ficción que conforman Doug y Abi. A día de hoy no es fácil toparse con unas interpretaciones infantiles como las que aquí se consiguen: naturales, divertidas y nada repelentes. Parece de perogrullo pero aquí los niños (salvo en algún momento crucial) parecen de verdad niños: con sus ocurrencias, su fantasía desbordante, su capacidad para poner a los adultos en un aprieto o su insospechada madurez. Esta última característica está subrayada a lo largo de diferentes escenas, y se diría que hay momentos en donde los pequeños son más sensatos que los adultos que los rodean. 

Los tres hijos son por tanto cruciales en la trama escrita por los británicos Andy Hamilton y Guy Jenkin (responsables de la serie inglesa Outnumbered) y creadores acostumbrados a trabajar con menores, algo que sería la pesadilla de Alfred Hitchcock. Ellos son el motor de una película que se pasa en un suspiro y que no deja de ser un canto a la vida, la vida de cualquier mortal, la que tiene buenos y malos momentos, la que incluso cuando muestra su peor cara, como dice el personaje del abuelo, no quieres que se acabe

Algunos lectores pensarán que me he dejado llevar por el almíbar o el mantra del "carpe diem" que rezuman este tipo de películas, pero nada más lejos de la realidad. Aunque Nuestro último verano en Escocia coquetee con la sensiblería y tire de tópicos, sabe ser ácida, locuaz y también crítica con los comportamientos de aquellos que ya hemos sobrepasado la infancia (al menos en apariencia).

Lo mejor: El reparto, como han trabajado los directores con los niños (otorgándoles libertad en muchas de sus frases), los diálogos más punzantes y negros, el momento de la cuñada (una suerte de ama de casa perfecta que lleva en potencia una Beverly de Los asesinatos de mamá).

Lo peor: Cierta ligereza en algunos personajes secundarios y situaciones más previsibles o tópicas que buscan incidir en el mensaje final.













De bonus track os dejamos con la deliciosa canción que puede escucharse en la película, ya utilizada en otros films como la también británica Despertando a Ned o El indomable Will Hunting. 


viernes, 20 de marzo de 2015

Crítica de "Pasolini" de Abel Ferrara


María Vaquero quien ya escribió de Fuerza Mayor, vuelve al blog para hablarnos de Pasolini, la película biográfica que ha dirigido Abel Ferrara (Teniente corrupto o El funeral) y que está protagonizada por Willem Dafoe. La cinta narra los últimos días del revolucionario director de cine italiano, asesinado en 1975 en el pueblo costero de Ostia (Italia).

viernes, 27 de febrero de 2015

Crítica Fuerza Mayor (Turist)


Hoy llega a nuestras pantallas Fuerza Mayor (Turist), una de las películas europeas más premiadas del año pasado. Entre otros galardones, la película del sueco Ruben Östlund consiguió en el pasado Festival de Cine Europeo de Sevilla el Giraldillo de Oro a la mejor película. Para conocer un poco más sobre ella, enviamos a su pase de prensa a María Vaquero, del blog Memoria de Bolboreta y colaboradora en la revista Versión Original. Os dejamos con su crítica.

Fuerza Mayor (Turist)
por María Vaquero

Si en su anterior película (Play, 2011) Ruben Östlund jugaba con los prejuicios raciales de los espectadores, en Fuerza mayor (2011) pone en entredicho la autenticidad de los lazos que nos unen dentro del ámbito en el que nos sentimos más seguros: la familia.

Tomas (Johannes Bah Kuhnke) viaja a los Alpes franceses para pasar cinco tranquilos días de esquí con su hermosa mujer Ebba y los dos hijos que tienen en común, Vera y Harry (Clara y Vincent Wettergren). Todo parece marchar dentro de la normalidad que se supone en una familia feliz, acomodada y perfecta pero esta paz se rompe de la forma más inesperada, cuando un alud controlado está a punto de tragarse a la familia y Tomas huye para salvar su vida sin pensar en los suyos. A partir de este suceso somos espectadores de la evolución que sufre la familia, pero también somos interpelados acerca de la postura que adoptaríamos  nosotros mismos: ¿cuál sería nuestra reacción?



Desde el primer momento se aprecia una influencia evidente del cine de Michael Haneke, director que gusta de poner en riesgo la tranquilidad de núcleos familiares acomodados mediante un suceso que fragmenta esa seguridad en mil pedazos. Sin embargo, la propuesta de Ruben Östlund pone en juego otros elementos dado que, desde el inicio del film, ya intuimos que algo va mal: las fotografías que toma el insistente e invisible fotógrafo son muestra de que la familia no está tan unida como pudiéramos pensar en un inicio, al igual que la actitud de los pequeños, que parecen estar en permanente estado de alerta y enfado a partes iguales.

La historia tiene lugar en cinco únicos días, divididos en capítulos, durante los cuales la relación familiar se va deteriorando poco a poco. En un principio Ebba se muestra enfadada con Tomas pero pronto parece haber olvidado el asunto; poco después comprobamos que no es así: su mundo perfecto se está tambaleando una vez más, como comprobaremos, y ella no está dispuesta a permitirlo. El personaje interpretado por Lisa Loven Kongsli resulta ser el más interesante  y complejo, con un desarrollo que tiene lugar  gracias al cobarde comportamiento de Tomas. Ebba se muestra como la madre que protege a su familia ante todo, pero entendiendo el concepto de familia no sólo desde el punto de vista tradicional sino como la vida ansiada. Ebba no comparte la visión liberal de las relaciones que sí posee su amiga Charlotte (Karin Myrenberg), no quiere renunciar a ciertos valores ni a la seguridad que le ofrece un matrimonio estable, aunque sólo lo sea en apariencia. Por eso es capaz de mirar hacia delante de nuevo, eso sí, una vez satisfecha su venganza humillando a su amado esposo y probando su confianza. 
Dicho así pareciera que Ebba es una mujer injusta y cruel y, aunque podamos comprenderla, en cierto modo lo es cuando utiliza a la pareja de amigos como improvisados psicólogos para conseguir que Tomas asuma su culpa; la avalancha de nieve se les avecina ahora a ellos también poniendo en riesgo una relación que, esta vez sí, parece auténtica y que, finalmente, se rompe en pedazos.  
La familia protagonista de Fuerza mayor


Ruben Östlund propone un marco revelador, unos Alpes espectaculares pero gélidos como la relación de sus protagonistas, para mostrarnos un drama a través de una planificación que alterna la vida en el hotel y las pistas de esquí y esas avalanchas provocadas por detonaciones controladas que van puntuando el desarrollo de la trama, al igual que los compases del Verano de Vivaldi, cuyos violines actúan como mecanismo de alarma para el espectador.  Una aventura de cinco días narrada de forma circular que pone en entredicho las relaciones familiares, la confianza en los que amamos y la necesidad de aparentar que todo funciona. Todo ello bajo un punto de vista irónico, con momentos realmente dramáticos y escenas absurdas que sirven como contrapunto en un contexto de abrumadora belleza captada con acierto por la mirada de Fredrik Wenzel. 

"Una aventura de cinco días narrada de forma circular que pone en entredicho las relaciones familiares, la confianza en los que amamos y la necesidad de aparentar que todo funciona."

Lo mejor: el personaje de Mats (estupendo Kristofer Hivju) y los toques de humor que aporta, que logran que el drama no sea excesivo y provocan las carcajadas del espectador. 

Lo peor: algunas escenas, como la de la borrachera multitudinaria, que no se sabe a cuento de qué vienen.




jueves, 26 de febrero de 2015

Boyhood, el lugar al que siempre podrás regresar


¿Aún triste porque Boyhood no ganó el Oscar a mejor película? Quizás se te pase leyendo el texto de Fernando de las Heras, quien ya nos dio buenas razones para disfrutar de la victoriosa Birdman, y ahora reflexiona sobre el poso de un film "titánico" y humilde al mismo tiempo. Momentos de una vida que sin ser excepcional (como la del común de los mortales) debemos atesorar para siempre.

Boyhood, el lugar al que siempre podrás regresar

Por Fernando de las Heras

La  infancia siempre será ese tiempo en el que fuimos felices o, al menos, vivimos con intensidad cada pequeño descubrimiento. Lo extraño de esta verdad es que solo lo comprendemos una vez que ha pasado.

Un tiempo hecho territorio, dicen los poetas, al que regresamos para encontrar las esencias, tal vez, para entender quiénes somos ahora. Pero al igual que cuando Mason, el protagonista de la celebrada Boyhood, borra las marcas de altura en la pared de su habitación, uno percibe lejanamente que en ese crecimiento vivimos rodeados de la incomprensión de quien jamás tendrá todas las respuestas y a pesar de todo está destinado a la felicidad.

Meses después de ver  la película de Richard Linklater, vuelvo a ella sin recordar con exactitud momentos de su historia, sin embargo, sigo manteniendo la misma sensación de placer y ternura como cuando recuerdo mi propia infancia.

Boyhood, que finalmente no se ha llevado el Oscar a la mejor película, es una de esas historias hechas con materiales muy humildes pero profundosPudiéramos pensar que su grandeza radica, además de por el conocido y titánico esfuerzo de rodarse a lo largo de 12 años, en tratar aquellas difíciles emociones e ideas alrededor de la infancia pero más aún en hacerlo (¡con todo el tiempo que da 12 años para pensar!) sin caer en la pedantería, en la impostura o falsedad de lo tratado. 


Hay películas, bien lo sabemos, en las que los personajes que vemos en pantalla se parecen a esas fotografías familiares que vienen en los marcos que compramos. En esta bella narración de los años de Mason y su familia hay, por el contrario, honestidad y una natural manera de contar lo que tiene de complejo y sabio, la apertura a la vida sin paliativos. Una película en movimiento que curiosamente no va hacia ningún punto porque el tiempo es su objetivo y este no se ancla en ningún punto. 

Así, Linklater logra retratar en el transcurso de esos años el amor de unos padres divorciados, de unos hermanos que crecerán siendo distintos, la frustración inevitable de sabernos limitados, pero también la lucha contra todo por seguir adelante y la laboriosa tarea de prepararse para abandonar lugares, personas, edades que, de una forma u otra, habrán de marcarnos. El ciclo vital que siempre dibuja un círculo bajo nuestros pies. 

Y hay sutileza en el abordaje por parte de su director, detalles que motean la historia y cosas dejadas allá y acá, sin aparente importancia, para que finalmente el descubrimiento de ese niño al que vemos crecer sea nuestro propio redescubrimiento. Aunque cada vida sea distinta y Boyhood cuente la suya.

Decía García Márquez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. Debemos agradecerle a Boyhood que esas vidas que nos narra sean una vez más la casa de todos y donde todos estaremos alguna vez. Y que al igual que nuestra infancia, su película no se marche jamás aunque nosotros debamos continuar el camino.

viernes, 20 de febrero de 2015

Crítica 50 sombras de Grey




Transgresión 0, Discurso romántico rancio 1
María José Agudo


En Tess d´ Urbeville (1891) la sufrida protagonista de la novela de Thomas Hardy (el escritor inglés por el cual el personaje de Anastasia estudió filología inglesa) pasa un sinfín de penurias por integrarse en una sociedad despiadada y conservadora en la que no hay hueco para las mujeres como ella. Aunque están separadas por más de un siglo, Tess resulta mucho más transgresora que la tal Anastasia Steele, la jovencita ingenua y virginal cuyo apellido recuerda a la famosa escritora de novela rosa, la Corín Tellado estadounidense. Es cierto que esperar transgresión o atrevimiento siquiera, en la calculada adaptación de un best seller mundial en donde todo está medido al detalle, era reconozcámoslo una ingenuidad. La maquinaria de Hollywood no puede arriesgarse a perder espectadores por mostrar más de la cuenta y mucho menos, busca desviarse de una historia que ha atraído a millones de lectores (sobre todo mujeres) de todo el mundo.

Así pues, por mucho que la trama esté aderezada con un poco de sexo parafílico (que a estas alturas ya no escandaliza a nadie) 50 sombras de Grey está más enfocada a un público adolescente que uno adulto, al mismo de la saga Crepúsculo o de otras adaptaciones en donde se reproducen patrones románticos de lo más carcas y simples, amén de roles que conviene que vayan desterrando, porque algunos caen en el machismo más rancio. Una vez más, el espectador se encuentra ante el tópico o el cliché narrativo de la transformación por el poder del amor. La chica buena que busca la redención de su príncipe azul. Un esquema simple y efectista que hemos visto infinidad de veces en el cine. En este caso, las dos características más prominentes del príncipe azul son las mismas que las de Richard Gere en Pretty Woman: es muy atractivo y está forrado hasta las cejas. El señor Grey además está obsesionado con el control hasta límites tóxicos y además, por algún trauma infantil (atención a este detalle que convierte esta práctica sexual en algo freudiano) solo experimenta placer cuando sus amantes acceden a ser sometidas en su cuarto de juegos, un cuarto en donde al contrario de lo que piensa Anastasia, no se juega a la X Box precisamente. En el otro extremo, encontramos a la princesa que quiere salvarle y que se siente irremediablemente atraída hacia él. Como mujer no puedo evitar reflexionar sobre la conducta de la chica, sumisa no solo en el juego sexual sino en el resto de su desigual relación. Es cierto que Anastasia no quiere perder el control de su vida, pero durante casi todo el metraje se deja comprar con regalos y lujos que no estarían al alcance del pagafantas de su amigo José, que ya bastante tiene con ser hispano en una película que promueve tan magnos valores. 

Como ven, a nivel narrativo poco hay que rascar en esta primera parte dirigida por Sam Taylor- Johnson (Nowhere boy), quien parece que ha tenido sus más y sus menos con la autora de la trilogía E. L. James, y no se sabe si continuará al frente de las dos secuelas que quedan. Sin mucho margen para aportar algo de su cosecha, la directora filma una historia plana, repetitiva, superficial, con personajes de cartón (el más trabajado es el de Anastasia y eso no es decir mucho) y un conflicto reducido a si la protagonista por fin firma un contrato de sumisión o no. Para aligerar la tensión sexual, Taylor-Johnson ha optado por incluir un poco de humor, lo cual es de agradecer porque le resta algo de dramatismo al romance. Esa comicidad queda hasta simpática en el naif personaje de Dakota Johnson (mucho mejor que su partenaire en pantalla Jamie Dornan) pero en ocasiones, invita a la risa involuntaria y a sentir un poco de vergüenza ajena, sobre todo con las perlas que suelta el señor Grey, el típico personaje atormentado cuyas sombras le impiden abrirse a los demás. Quizás eso explique la rigidez y poca expresividad que luce Dornan en toda la película. 
"Repite conmigo Grey: Yo no hago el amor, solo follo duro, Yo no hago..."


En cuanto al aspecto formal de la película y como no podía ser de otro modo al ser una producción de estas características, presenta un acabado elegante, con una fotografía muy cuidada que acentúa los cambios de luz. Las escenas de sexo que aparecen, las que no han sido mutiladas, son demasiado pulcras, coreografiadas, musicales... como si en todo momento quisieran recordarnos que están hechas con buen gusto y ni por asomo se parecen al porno. En fin, mientras las veía me vino a la mente lo que una vez dijo Woody Allen "el sexo cuanto más sucio mejor es". 

Lo mejor: Dakota Johnson, que sin ofrecer tampoco una interpretación de quitarse el sombrero, logra que empaticemos con su personaje.

Lo peor: Su falsedad, tras la apariencia de película erótica se esconde el típico drama romántico que promueve unos valores rancios, caducos y desiguales.












¿Y a vosotros qué os pareció?